
Manuel Curros Enríquez
En el jardín una noche sentada
al reflejo de la blanca luz de la luna,
una nena lloraba sin tregua
los desdenes de un ingrato galán.
Y la desgraciada entre quejas decía:
“Ya en el mundo no tengo a nadie,
voy a morir y no ven mis ojos,
los ojitos de mi dulce bien”.
Sus ecos de melancolía
caminaban en las alas del viento
y el lamento
repetía:
“¡Voy a morir y no viene mi bien!”
Lejos de ella, de pie sobre la popa
de un leve negrero vapor,
emigrado, camino de América
va el pobre, infeliz amador.
Y al mirar las gentiles golondrinas
hacia la tierra que deja cruzar:
“Quien pudiera dar vuelta –pensaba-,
quien pudiera con vosotras volar!…”
Pero las aves y el buque huían,
sin oír sus amargos lamentes
solo los vientos
repetían:
“Quien pudiera con vosotras volar!”
Noches claras, de aromas y luna,
desde entonces ¡que tristeza en vosotras hay
para los que vieron llorar una niña,
para los que vieron un barco marchar!…
De un amor celestial, verdadero,
quedó solo, de lágrimas la prueba,
una cueva,
en un peñasco
y un cadáver en el fondo del mar.
Gracias Sergio por este pedazo de historia literaria.
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